domingo, 8 de marzo de 2020

A MI QUERIDO AMIGO AGUSTÍN


Tú me dices que todo se perdona,
y es bien cierto que es así, por supuesto,
que al amigo nunca se abandona,
por ello en estos versos te contesto.

Hay veces que echo de menos tu abrazo
y los buenos momentos compartidos.
Que más de una vez te di el coñazo
no hace falta jurarlo compungido.

Que todos cometemos muchos fallos,
que hay cosas por encima de un grupo
sin súbditos, ni siervos, ni vasallos.

Nuestra amistad por encima de todo.
Del resto yo si quieres me ocupo
pues sabes que te quiero a mi modo.



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lunes, 2 de marzo de 2020

EL JARAÍZ DE PEÑOLITE



            Era el día de Andalucía en una mañana fría y soleada. Abandonamos la autovía y nos adentramos por las carreteras estrechas y curvas de la Sierra de Segura. En principio no era mi intención elegir este camino, sino el más recto y rápido hasta mi destino. Bendito error. Entre barrancos, olivos, solitarios cortijos y ríos transparentes llegamos al embalse de El Tranco. Cortijos Nuevos, Orcera, Siles, La Puerta de Segura hicieron el resto.
            En la radio suenan las noticias, tras una pausa musical repleta de rock ochentero, y vuelve a aparecer el coronavirus, como por arte de magia, de la nada, interrumpiendo nuestro inicial y breve viaje. No se habla de las trece mujeres muertas a manos de sus maridos en los dos meses que llevamos, ni del índice porcentual de paro, ni del precio abusivo del alquiler, ni de los muertos en Siria o en países africanos a manos de otros tipos de enfermedad (por cierto ya tratados con éxito y correspondiente vacunación), ni del bajo precio del aceite de oliva, ni de la ruina de muchos autónomos de este país. Ya ni siquiera se habla de la caída de Sabina desde ese escenario gafe y maldito en el que más de uno ha corrido la misma suerte. Por cierto, al maestro se le tildó de borracho, drogado y viejo.
            Yo no digo que no haya que estar atentos a esta, de momento, epidemia y tomar precauciones. Pero me da la sensación de que hay intereses ocultos e intención de acabar con un imperio económico que liderará, lo queramos o no, el mercado mundial, quizá más pronto que tarde.
            Con las crisis, muchas empresas y amantes del negocio, sucio y limpio, hacen su agosto y ganan mucho dinero. La gran crisis llegará, porque ya se encargarán de ello. Pero mientras tanto, y como buenos impacientes que son, se inventan el maldito virus para no importar nada de ese país, para acabar con su comercio y para crear fronteras con culturas que en este mundo de globalización no interesan.

            Mientras yo reflexiono todo esto, estoy sentado en una terraza con unas vistas maravillosas a un mar de olivos inmenso. Entre ellos, un camino de tierra asciende desde la base de la montaña curvilíneo hasta su cumbre, y me recuerda que en el fondo todo es así. Llegar a la cumbre tiene repechos, cambios de dirección, pausas y obstáculos. El pueblo es muy silencioso. Se oyen los ladridos de los perros. Uno de ellos debe ser Golfo. Ángel, el dueño de la casa nos lo presentó a su llegada. Dice que hace honor a su nombre debido a que de vez en cuando se pierde con su enamorada, otra perrita del pueblo, y vuelve al cabo de dos o tres días. Como la leyenda de Los Cerros de Úbeda, pensé. Aquel cristiano que se enamoró de una mora debió ser un golfo.

            La casa es magnífica, decorada a la vieja usanza. Radios antiguas, mesas camillas, mecedoras, los arreos típicos de la labor en el campo, el brasero, los escritorios, los pañitos, los espejos…. Y no había televisión en la habitación. Mi pareja se sorprendió. Yo bendije la casualidad. A estos sitios se viene a descansar, a respirar, a dejar el estrés a un lado.


            Tuvimos nuestro ratito de música. Un fenomenal concierto de un querido y admirado amigo, Víctor Belmonte, acompañado de unos músicos excepcionales. Comprobamos lo acogedora y amable que fue la gente de Benatae y en general, de todos los lugares que visitamos.

            La comida, espectacular. Tuve que saltarme la estricta dieta a base de migas, como las de toda la vida: con chorizo, panceta y sardinas. El desayuno, tostada con aceite de oliva virgen extra. Y todo aliñado con la compañía y trato exquisito de los amigos que trabajaban en esta casa rural.


            De vuelta a casa, nos prometimos volver pronto. La estancia fue muy breve pero muy intensa. Al salir de nuevo a la carretera elegí el camino correcto, esta vez. La carretera nacional que sí me llevaría más rápido a mi ciudad. Al poner la radio vuelven a hablar del coronavirus, y hacen de nuevo el recuento de las personas infectadas… por un momento recuerdo y pienso: “debí equivocarme de camino otra vez. Nunca una mala decisión fue tan buena”.
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lunes, 24 de febrero de 2020

UN PASEO POR LOS CERROS


UN PASEO POR LOS CERROS.

                Como cada mañana, Antonio se levanta temprano y comienza su jornada acompañado de un café bien cargado con la mirada perdida a través del cristal de la ventana donde los primeros rayos de sol hacen su aparición y donde el ruido unido a los vaivenes de la gente conciben que un día más ha comenzado con su cotidianidad y persistencia.

            Después de repasar algunas notas pendientes y responder algún que otro correo sin importancia, se decide a bajar las escaleras, a tomarle el pulso real a la vida y a retarle en duelo. Antonio hace unos meses perdió su trabajo debido a una enfermedad inesperada. Todo le ha cambiado: la familia, los amigos, sus costumbres, sus aficiones, todo. Le recomendaron que se lo tomara con calma, que no hay mal que por bien no venga, que hay que mirar las cosas con optimismo y él intenta seguir los consejos.

                Se deja llevar en volandas pensando e imaginando algún proyecto atractivo que le saque de este callejón sin salida. Sueña con escribir un libro en el que plasmar la infinidad de poemas y relatos que guarda olvidados en un viejo blog, aunque sabe que es tarea difícil pues requiere un desembolso económico que ahora no es capaz de afrontar.

            En volandas, sigue calle abajo y desde Trinidad llega a la Plaza Vieja donde comienza a recordar sus largas tardes de verano en aquellos portalillos, cuando acababa de llegar a la ciudad, procedente de un pequeño pueblo de la comarca del condado y donde vivió durante algunos años. Aquellas golosinas eran una delicia. Ya no le saben igual. En realidad no sabemos si perdemos el sabor por la esencia de aquellos detalles que entonces tenían su significado, o es que ciertamente los que hemos perdido propiamente nuestra esencia somos nosotros.

              Desde Plaza Vieja, se deja arrastrar por la idiosincrasia particular de la calle Real, antaño la vía más señorial e importante que regía la ciudad y que comunicaba el paraíso renacentista del casco viejo con la parte más innovadora de la villa. Se mezclan los recuerdos nocturnos de procesiones y el sonido estruendoso de los tambores de aquel niño inocente que sentía la curiosidad de que algo grande y a la vez curioso vivía en aquel momento.

              La Plaza Vásquez de Molina y la fachada de La Capilla del Salvador, le transportan hacia una belleza indescriptible a través del tiempo hasta llegar a la vieja Muralla donde contempla exhausto Sierra Mágina. Entonces reflexiona el por qué de algunas situaciones, ¿por qué esta ciudad siendo lugar de paso, siempre quiso estar cerrada, por qué todo el mundo quiso conquistarla, por qué tanta belleza oculta entre sus muros, por qué los círculos dentro de círculos entre sus gentes? ¿Por qué tanto silencio entre muchas soledades? A Antonio, Úbeda le parece metafóricamente aquella mujer hermosa emparedada en La Casa de las Torres por culpa de aquel marido celoso y resentido.

             Antonio mira el reloj y vuelve por el Paseo del Mercado hacia su casa y en el camino imagina que algún día terminará su libro y lo titulará “Úbeda, fiel belleza de nadie”.
Pero sabe que es difícil, entre otras cosas, porque no hay versos en el mundo o al menos todavía no se aproximan a describir con flagrante evidencia la singularidad, el atractivo y el encanto de sus calles y sus gentes.

              Antonio apura de un sorbo su café bien cargado, se pone la chaqueta, suspira y baja de nuevo las escaleras, sonriente y feliz. La vida es una lucha continua, nunca os desilusionéis.

                                                                                              Joaquín Palomar Parra
                                                                          http://trovadorversificador.blogspot.com/
                                                                                
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