lunes, 24 de febrero de 2020

UN PASEO POR LOS CERROS


UN PASEO POR LOS CERROS.

                Como cada mañana, Antonio se levanta temprano y comienza su jornada acompañado de un café bien cargado con la mirada perdida a través del cristal de la ventana donde los primeros rayos de sol hacen su aparición y donde el ruido unido a los vaivenes de la gente conciben que un día más ha comenzado con su cotidianidad y persistencia.

            Después de repasar algunas notas pendientes y responder algún que otro correo sin importancia, se decide a bajar las escaleras, a tomarle el pulso real a la vida y a retarle en duelo. Antonio hace unos meses perdió su trabajo debido a una enfermedad inesperada. Todo le ha cambiado: la familia, los amigos, sus costumbres, sus aficiones, todo. Le recomendaron que se lo tomara con calma, que no hay mal que por bien no venga, que hay que mirar las cosas con optimismo y él intenta seguir los consejos.

                Se deja llevar en volandas pensando e imaginando algún proyecto atractivo que le saque de este callejón sin salida. Sueña con escribir un libro en el que plasmar la infinidad de poemas y relatos que guarda olvidados en un viejo blog, aunque sabe que es tarea difícil pues requiere un desembolso económico que ahora no es capaz de afrontar.

            En volandas, sigue calle abajo y desde Trinidad llega a la Plaza Vieja donde comienza a recordar sus largas tardes de verano en aquellos portalillos, cuando acababa de llegar a la ciudad, procedente de un pequeño pueblo de la comarca del condado y donde vivió durante algunos años. Aquellas golosinas eran una delicia. Ya no le saben igual. En realidad no sabemos si perdemos el sabor por la esencia de aquellos detalles que entonces tenían su significado, o es que ciertamente los que hemos perdido propiamente nuestra esencia somos nosotros.

              Desde Plaza Vieja, se deja arrastrar por la idiosincrasia particular de la calle Real, antaño la vía más señorial e importante que regía la ciudad y que comunicaba el paraíso renacentista del casco viejo con la parte más innovadora de la villa. Se mezclan los recuerdos nocturnos de procesiones y el sonido estruendoso de los tambores de aquel niño inocente que sentía la curiosidad de que algo grande y a la vez curioso vivía en aquel momento.

              La Plaza Vásquez de Molina y la fachada de La Capilla del Salvador, le transportan hacia una belleza indescriptible a través del tiempo hasta llegar a la vieja Muralla donde contempla exhausto Sierra Mágina. Entonces reflexiona el por qué de algunas situaciones, ¿por qué esta ciudad siendo lugar de paso, siempre quiso estar cerrada, por qué todo el mundo quiso conquistarla, por qué tanta belleza oculta entre sus muros, por qué los círculos dentro de círculos entre sus gentes? ¿Por qué tanto silencio entre muchas soledades? A Antonio, Úbeda le parece metafóricamente aquella mujer hermosa emparedada en La Casa de las Torres por culpa de aquel marido celoso y resentido.

             Antonio mira el reloj y vuelve por el Paseo del Mercado hacia su casa y en el camino imagina que algún día terminará su libro y lo titulará “Úbeda, fiel belleza de nadie”.
Pero sabe que es difícil, entre otras cosas, porque no hay versos en el mundo o al menos todavía no se aproximan a describir con flagrante evidencia la singularidad, el atractivo y el encanto de sus calles y sus gentes.

              Antonio apura de un sorbo su café bien cargado, se pone la chaqueta, suspira y baja de nuevo las escaleras, sonriente y feliz. La vida es una lucha continua, nunca os desilusionéis.

                                                                                              Joaquín Palomar Parra
                                                                          http://trovadorversificador.blogspot.com/
                                                                                
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