martes, 9 de junio de 2020

TODA UNA VIDA LUCHANDO

              Casi todas las mañanas, Juan salía a pasear, bien ataviado, y acompañado de su bastón. Sonreía y saludaba a sus viejos amigos, y a los vecinos que se encontraba mientras se dirigía al parque, a su banco favorito, donde al cabo de un rato de lectura, gustaba de recoger unas cuantas migas de pan que guardaba recelosamente en el bolsillo de su chaqueta, para ofrecerlas a las palomas.

            Por su cabeza volaban los recuerdos vertiginosamente, al igual que el tiempo. Dicen que cuando te haces “mayor”, los días pasan más deprisa y veloces. Por la misma razón que ellos caminan despacio: para saborear la vida con más ímpetu, si cabe.

            A los dieciséis años tuvo que emigrar a Cataluña, en busca de un mejor porvenir. Trabajó desde niño, pues desde la posguerra y hasta ese tiempo, las familias ponían todo su empeño en las labores del campo y en intentar sobrevivir a la pobreza típica de aquella época. Tan sólo unos pocos privilegiados podrían seguir sus estudios en la ciudad más cercana, y los más afortunados, continuar sus conocimientos en la universidad.

            Más tarde, llegarían las primeras manifestaciones a favor de las libertades y un futuro mejor. La llegada del turismo y la progresiva industrialización de segmentos, como la metalurgia y el automóvil hicieron el resto. A lo lejos, una llama de esperanza iluminaba el final del túnel de una página cruel y oscura en este país. La muerte del dictador dio paso a la transición y a la postre, a las primeras elecciones democráticas.

            Sobrevivieron infinidad de crisis económicas y financieras, pero con sus manos, levantaron el país como pocas generaciones pueden presumir. Vieron a los hijos nacer y crecer con lo que ellos nunca tuvieron, y a base de sobresaltos, no dudaron en sacar las familias adelante. Luego llegaron las nuevas tecnologías, y aunque algunos de ellos siguen ajenos a esta moda contemporánea, reconocen que, gracias a ellas, han podido sentirse más cercanos a sus seres queridos en estos últimos tiempos que nos ha tocado vivir.

            Juan llevaba más de treinta días sin acudir a aquel parque, a darle de comer a las palomas y a leer su libro de poemas favorito. Un virus desconocido, de procedencia extraña y al que no dábamos importancia se implantó en nuestras vidas y prometía cambiar nuestra forma de vivir. Se llevó a su esposa de la manera más inhumana que él hubiera imaginado. Sin despedidas, después de cuarenta años de matrimonio siempre unidos, a las duras y a las maduras. No era justo que aquella historia de amor terminara así.

            Pero Juan siempre fue un luchador, como generalmente, todos los de su generación. Después de un largo tratamiento y gracias al enorme trabajo del equipo sanitario del hospital, recibió el “alta”. Había expulsado de su cuerpo, aquel maldito bicho que vino a implantarse en su vida para siempre.

            De vuelta a casa se encontró de nuevo con la familia; hubo muchas lágrimas, nudos en la garganta y muchas ganas de abrazar. Pero los brazos permanecieron inmóviles. No hubo besos, ni siquiera caricias. Sólo cariño a dos metros de distancia y la promesa de mantenerse siempre unidos.

            Mientras, Juan, después de comer algo y tomarse la medicación, se recuesta en el sillón y piensa en ella, y en aquel poema que tanto le recitó en aquel banco del parque, ahora recién pintado con los colores del arcoíris. El primer día que pueda, saldrá a dar un paseo con su mascarilla, y como de costumbre, llevará unas cuantas migas de pan en el bolsillo. Sabe que las palomas no le guardarán ninguna distancia de seguridad.

 

                                                                    Joaquín Palomar Parra ©


sábado, 6 de junio de 2020

SONETO DE LA TRAICIÓN

La luna de las noches somnolientas,

los libros que se escriben sin terminar.

Errores que me salen de las cuentas

y el beso que me dejas sin avisar.

 

Las dudas de esta historia, que es la nuestra,

no pasan por un cuento con buen final.

La culpa del perdón no se demuestra

con huellas que delaten al criminal.

 

El fin es la excusa del sicario

que roba los fracasos de los demás,

con ella se permuta de escenario

 

y admite como propio a Satanás.

La aurora se separa del rosario,

y sólo, me convierto en Barrabás.

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viernes, 5 de junio de 2020

A FEDERICO

En el camino de Víznar y Alfacar

amanece un nuevo llanto y canción,

los poemas se entristecen al pasar

y una bala atraviesa el corazón.

 

Silencio a las cinco de la tarde

que emana de este triste romancero;

preludio de un mal crimen y cobarde

del niño que nace en Fuente Vaqueros.

 

Molestan cuando riman las verdades

del puño y de la mano de un poeta,

la guerra que siempre pierde el obrero

 

en busca de luchar las libertades,

un verso que no cabe en la maleta

de un incierto soneto y verdadero.

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