La
tarde era plácida y calurosa, como la de casi todos los días de julio en este
pequeño pueblo de la comarca del Condado, donde un cruce de caminos señala el
destino inevitable e irremediable de aquellos jóvenes que, ajenos a lo que el
tiempo les depara, juegan entusiasmados al fútbol en medio de sus empedradas
calles. Por aquellos días, aquel cruce de carreteras no significaba más que
unas agujas magnéticas de una brújula imaginaria señalando hacia lo
desconocido.
El
cielo, en un intenso tono rojizo, anunciaba la llegada de la noche y Pepe “el
municipal”, con estricta puntualidad, aparecía por la esquina levantando las
manivelas de los interruptores que ponían en funcionamiento el alumbrado de las
farolas. Pepe tenía un don especial
para atraer hacia sus manos aquel viejo esférico con el que se jugaba el
partido de balompié callejero y, de esa manera, poner fin a la contienda.
-
“¿No os he dicho que está prohibido jugar
con la pelota aquí? ¡Molestáis a los vecinos y rompéis las macetas!”, les decía
con cierta parsimonia, no exenta de furor.
Las
mujeres sacaban sus sillas de madera y esparto delante de los zaguanes, y
preparaban sus aparejos de ganchillo para, a continuación, dar comienzo a la
tertulia vespertina que, no sin cierta crítica, enriquecía el historial de los
personajes más atípicos del lugar.
-
“Cuando el cielo se pone de ese color, es
que no va a pasar nada bueno”, decía mi abuela con insistencia. “Recuerdo aquel
día en que se declaró la guerra y no paraban de dar noticias malas en la radio.
El cielo tenía este mismo color, muy colorao”.
-
“Pues Paqui,
la hija de la pescaera me han dicho que está embarazada”, añadía Consuelo,
su mejor vecina, desviando la atención.
Para
un muchacho joven, los pasatiempos consistían en leer viejas y sucias revistas encontradas
en los desvanes, o contar chistes, sentados en corrillo a los pies de los
naranjos que flanqueaban las aceras. El ruido de los grillos y observar el
recorrido singular de las lagartijas hacían el resto, mientras relatábamos
historias para no dormir.
En
una de esas largas noches de verano, se nos ocurrió que era un buen momento
para volver al colegio. La manera de entrar quizá no sería la más adecuada,
pero también es cierto que, las travesuras consisten en buscar el riesgo, jugar
con el miedo y bailar con lo prohibido. A través de un cristal roto de un
vetusto ventanal accedimos al edificio. Subimos sus escaleras de caracol hasta
llegar a las aulas con la ayuda de la tenue luz de una linterna con las pilas
casi agotadas. La carrera, entre sillas y pupitres, hasta llegar al atril, fue
emocionante y disputada. Todos queríamos convertirnos en don Eugenio, aquel
simpático maestro de escuela; imitábamos sus gestos y parodiábamos sus
desplantes. Intentábamos no hacer demasiado ruido, pero las risas eran
inevitables, hasta que apareció encima de la enorme mesa del profesor, aquella
maldita regla de madera, con la que nos castigaba en nuestras pequeñas manos, cuando
acudíamos a clase tardíamente y procedentes del recreo.
Como
si de una visita a un museo se tratara, seguimos el recorrido por un pasillo
casi interminable donde nos esperaba, un rústico y presidencial despacho lleno
de carpetas archivadoras, y en el que figuraba una inmensa bola del mundo
escolar, a la que hacíamos girar y girar, muy rápido. El curioso artefacto
pasaba volando de unos brazos a otros, hasta que en uno de esos instantes y por
descuido, era previsible, la bola cayó al suelo y se rompió en varios pedazos.
Queríamos
salir a prisa porque temíamos que con el ruido nos descubrieran, pero en una de
las puertas adyacentes, accedimos a una inmensa sala; la puerta estaba abierta,
aunque ninguno de nosotros recordamos este acceso, al menos en el tiempo que
llevábamos estudiando durante aquel curso y en este mismo colegio. Albergaba
unos enormes ventanales, a través de los cuales, penetraba la luz de la luna;
pero no había pupitres, ni atriles, ni siquiera un triste escritorio. Sin
embargo, sus gigantescas paredes estaban cubiertas por completo, de estanterías
llenas de infinidad de libros. Nos aproximamos con la débil iluminación de la
vieja linterna y descubrimos el paraíso. Aquello era como una salida a lo
inimaginable, a los sueños y a la historia. Desde enciclopedias y manuales,
hasta obras poéticas antológicas y las novelas más relevantes. Una misteriosa
biblioteca donde se mezclaba lo terrenal y lo sagrado, lo inverosímil y lo
factible. La isla del tesoro, Miguel
Strogoff, Robinson Crusoe, nos llevaban en volandas a través de sus páginas
por viajes interminables y aventuras subterráneas hacia el centro de la tierra, o a través de 20.000 leguas de viaje
submarino.
Aquella
noche, mis amigos y yo, descubrimos también la música en las letras; los poemas
de Federico García Lorca, de los hermanos Machado y de Rafael Alberti, los
dibujos prohibidos que nacen de la originalidad y la maestría, la literatura y
el arte.
Devorando
aquel tesoro, poco a poco, nos dimos cuenta que ya era hora de volver a casa.
Mientras dejábamos todo en su sitio, la linterna dejó de alumbrar. El miedo y la prisa hizo acto de aparición.
Salimos lentamente de nuevo por el largo pasillo hasta dar por fin a las
escaleras que nos conducían a la salida. Cuidadosa y disimuladamente, bajábamos
calle abajo, a la vez que observábamos cómo la gente recogía sus sillas y las
guardaban en sus hogares, otros dormían plácidamente en el portal, y nuestras
caras mostraban una combinación extraña de felicidad, incertidumbre y hambre. Había
sido una velada para la historia, para recordar.
Es
curioso, pero a veces los momentos más felices pasan desapercibidos y sus
recuerdos son efímeros. Sin embargo, los errores son más perdurables, como una
sombra oscura que no deja entrar la claridad, como manchas imborrables.
Pensaba
y planeaba volver a aquella gigantesca sala llena de libros a la noche
siguiente, mientras madre me miraba extrañada:
-
“¡Comete las galletas y bebe el vaso de
leche! ¿Dónde has estado? Paula ha venido preguntando por ti”.
-
“Por ahí, mamá… dando una vuelta por el
pueblo”
-
“Pues ya va siendo hora de que espabiles. ¡Ay… tienes que despertar!... ¡Despierta!...
Al
abrir los ojos, vi a Ana riéndose con ironía y la televisión encendida. El
presidente del gobierno anunciaba el inminente estado de alarma en todo el
país.
-
“Debes estar cansadísimo, porque no has
parado de dormir en toda la tarde. Si quieres, salimos al balcón y te espabilas
un poco. Te vendrá bien, y de paso, aplaudimos a los sanitarios. Son casi las
ocho”.
Preparé
minuciosamente mi mascarilla y salí al balcón. El cielo, nuboso, tenía un color
ciertamente rojizo. A la vez, el móvil no paraba de anunciar mensajes de whatsapp
que reflejaban la inquietud de los familiares y amigos. Y de repente,
aplaudiendo, me acordé de la bola del mundo que hacíamos girar y girar tan
aprisa sin sentido, que nos pasábamos unos a otros, y que finalmente cayó al
suelo para partirse en varios pedazos.
Tampoco
sabemos cuánto tiempo va a durar el confinamiento, aunque a veces, giro la
vista a mi colección de libros y pienso, que soy muy afortunado en poder viajar
sin salir de casa, en reír y llorar, en sentir algo especial cuando los molinos
de viento se convierten en gigantes, en volar a caballo entre la prosa y el
verso, en navegar mares imposibles y en aprender que en la vida nada está
perdido.
Cada
vez estoy más convencido de que la libertad es como llegar a un cruce de
caminos, donde eliges tu propia página en blanco, y el espejo donde reflejar tu
historia y tus sueños. Que el vértigo te impida siempre caer en el olvido.
(En
memoria de los fallecidos por la pandemia)